En los primeros meses de colaboración entre Microsoft y OpenAI surgieron dudas internas significativas sobre la conveniencia y el coste de una alianza centrada en la inteligencia artificial (IA). Un reciente documento revelado en el contexto de la disputa legal entre Elon Musk y Sam Altman desvela las preocupaciones que tenían los directivos de Microsoft a finales de 2017 y comienzos de 2018.
Microsoft OpenAI fue una alianza que hoy se ve como una apuesta estratégica de la multinacional por la IA, pero que en sus orígenes estuvo cargada de escepticismo. Tras el éxito inicial de OpenAI con un bot capaz de vencer a jugadores humanos en Dota 2, Elon Musk intervino personalmente para conseguir que Microsoft ofreciera a la startup un descuento considerable en el uso de Azure, su plataforma de computación en la nube.
Por aquel entonces, la tarifa habitual de Azure por hora de GPU era de 1,15 dólares, pero OpenAI negociaba un precio de 0,24 dólares. Esto supuso una pérdida directa para Microsoft, estimada en 15 millones a tres años, dado que OpenAI había consumido en poco tiempo casi todo el volumen contratado.
Reticencias sobre el enfoque y costes de la alianza
Los ejecutivos de Microsoft debatían intensamente sobre los riesgos y beneficios de esta colaboración. Uno de los puntos de conflicto residía en la naturaleza de la inteligencia artificial que OpenAI estaba desarrollando, centrada en la demostración de capacidades para vencer humanos en videojuegos y otras competencias. Esta aproximación generaba inquietud en algunos altos cargos, que expresaban que la compañía no debía apoyar proyectos cuyo objetivo fuera que «las máquinas ganen a los humanos».
Jason Zander, ejecutivo encargado de analizar costes, advirtió que el acuerdo inicial suponía un gasto negativo de aproximadamente 150 millones de dólares para Microsoft si se ampliaba bajo los mismos términos. Este elevado coste hacía la continuidad del contrato inapropiada desde el punto de vista financiero, a pesar de la posible visibilidad y promoción que la colaboración podría aportar a Azure.
El propio Satya Nadella, CEO de Microsoft, reconoció que aunque OpenAI parecía estar cerca de avances importantes en inteligencia artificial general, por aquel entonces la empresa sólo estaba «alquilando/ descontando hardware» sin recibir un ciclo real de aprendizaje o retroalimentación que beneficiara directamente a Microsoft.
Perspectivas divididas sobre la inteligencia artificial general
Mientras algunos en Microsoft, como Kevin Scott, manifestaban escepticismo sobre la inminencia de un avance real hacia la inteligencia artificial general (AGI), otros temían las consecuencias de cortar el apoyo a OpenAI y provocar que la empresa se volcara hacia competidores como Amazon Web Services (AWS), lo que dañaría la imagen y uso de Azure.
Una fórmula considerada fue redirigir la colaboración hacia proyectos que extendieran la inteligencia humana en lugar de buscar «derrotar humanos» en juegos, potenciando un uso más ético y colaborativo de la inteligencia artificial. Sin embargo, estas ideas no fueron suficientes para recuperar la confianza total en la inversión inicial.
Finalmente, Microsoft decidió apostar con determinación por OpenAI: en 2019 invirtió 1 000 millones de dólares, y en 2023 amplió dicha inversión hasta 10 000 millones, alcanzando una participación del 27 % en la empresa, ya con fines lucrativos.
Una alianza clave con matices éticos y estratégicos
Estos documentos internos revelan un doble mensaje del gigante tecnológico: el interés legítimo en potenciar la inteligencia artificial para mejorar capacidades humanas, pero a la vez un rechazo al enfoque de «máquinas que vencen humanos» —una línea defendida por Elon Musk y que motivó parte del diseño original de OpenAI.
Esta ambivalencia muestra el debate ético y estratégico que han atravesado grandes empresas tecnológicas ante el paso decisivo hacia la inteligencia artificial avanzada. La evolución posterior de la relación entre Microsoft y OpenAI ha transformado el escepticismo inicial en una inversión estratégica de enormes proporciones.
Comprender estos antecedentes arroja luz sobre las motivaciones internas y los desafíos que rodean a las alianzas en el campo de la IA. Además, destaca los límites que algunas compañías imponen respecto a los objetivos de sus colaboraciones, buscando evitar que la inteligencia artificial se perciba simplemente como una herramienta para dominar competencias humanas, y más bien como un medio para complementarlas.
