Interconexión óptica es la apuesta de Marvell para que los límites físicos entre centros de datos empiecen a desaparecer: conectar instalaciones a distancias de miles de kilómetros y componer recursos (CPU, aceleradores y memoria) como si fueran un único sistema. La promesa es mayor flexibilidad y mejor aprovechamiento del hardware, una idea que suena atractiva pero tiene matices importantes.
Cómo funciona la interconexión óptica que propone Marvell
En Computex 2026 la compañía explicó su estrategia basada en óptica coherente y switches de alta densidad. Marvell ya comercializa y anuncia familias de producto dirigidas a este objetivo: Colorz 1600, una solución coherente de 1,6 Tb/s construida sobre DSP de 2 nm que muestreará este año; la familia Ara 1,6 Tb/s con DSPs de 3 nm pensada para interconexión entre centros de datos; y el switch Teralynx T100 de 102,4 Tb/s, capaz de 512 puertos a 200 Gb/s o 64 puertos a 1,6 Tb/s.
La idea técnica es clara: sustituir los límites impuestos por cobre con enlaces ópticos de baja latencia y alta capacidad. Hoy, las conexiones de escala-up —esas que unen GPUs y memoria dentro de una misma caja o chasis— suelen usar cobre por coste y simplicidad. Marvell sostiene que cuando el número de aceleradores crece, esas conexiones tendrán que pasar a óptica para mantener rendimiento y escalabilidad.
En la práctica, esto permitiría pooling de recursos. En lugar de comprar sistemas con una proporción fija de CPU, GPU y memoria, un operador podría componer máquinas virtuales o nodos lógicos obteniendo exactamente lo que necesita de piscinas separadas de CPU, XPUs (la denominación de Marvell para aceleradores) y memoria.
Limitaciones reales y escenarios donde tiene sentido
Lo que Marvell no aclara todavía es hasta qué punto esa “máquina única” realmente funcionará para cargas sensibles a la latencia. No es un detalle menor: la luz tarda aproximadamente 10 ms en un viaje de ida y vuelta de 1.000 km, lo que descarta la compartición en tiempo real de recursos entre centros separados por grandes distancias para aplicaciones que requieren latencias de micro o milisegundos.
Por eso, la propuesta tiene dos capas: por un lado, interconexión óptica a larga distancia para sincronización, replicación, acceso a almacenamiento distribuido y orquestación entre campus; por otro, óptica de baja latencia dentro de campus o entre centros muy cercanos para componer recursos en tiempo real.
Marvell da ejemplos ambiciosos: ampliar dominios scale-up de 72 o 144 aceleradores hasta 1.000 o más, y eventualmente integrar enlaces ópticos dentro de servidores. En teoría eso permite desagregar la arquitectura física: XPUs en un pool, memoria HBM en otro y CPUs genéricas en otro. El beneficio económico también es explícito: con hardware por miles de millones de euros, incluso un 10% más de utilización se traduce en ahorros significativos.
Sin embargo, hay costes y retos que no desaparecen con fibra. El despliegue de óptica coherente a escala implica inversión en módulos DSP avanzados, amplificación para largas distancias y sumideros energéticos distintos a los del cobre. Además, la sincronización a nivel de memoria coherente y la consistencia de la caché son problemas arquitectónicos no triviales cuando los nodos no están físicamente próximos.
Otro punto práctico: la desagregación exige un ecosistema que vaya más allá del interconectado físico. Sistemas operativos, hypervisors, firmware de aceleradores y herramientas de orquestación tendrán que entender recursos remotos con latencias y anchos de banda variables. No es solo cableado; es software que componga recursos dinámicamente y con rendimiento predecible.
Además, las propuestas de Marvell compiten y coexisten con otras aproximaciones en la industria. Fabricantes de aceleradores y proveedores de nube ya exploran topologías scale-up con interconexión óptica a corto alcance, y tecnologías como NVLink o enlaces privados siguen siendo relevantes en diseños optimizados para IA.
En resumen, la interconexión óptica tiene sentido donde la latencia lo tolera o donde la proximidad física se mantiene. Para replicación global, sincronización de campus y acceso masivo a almacenamiento distribuido es una herramienta potente. Para componer memoria y aceleradores en tiempo real a cientos o miles de kilómetros, la física impone límites que la fibra no puede obviar.
No es ciencia-ficción, pero tampoco es plug-and-play. ¿Qué queda por ver? Rendimiento en condiciones reales, costes totales de propiedad y cómo evolucionan las pilas de software para explotar esa conectividad. Vale la pena esperar a ver los muestreos de Colorz 1600 y las primeras pruebas con Teralynx T100 en entornos de nube antes de sacar conclusiones sobre su impacto operativo.
No es un detalle menor: esto cambia cómo se conciben las fronteras físicas de un centro de datos, pero exige una revisión del stack completo para que la promesa de la interconexión óptica se traduzca en beneficios reales y medibles.


