Centros de datos IA y sequía aparecen ya en la misma frase: dos tercios de los 809 proyectos planificados en Estados Unidos se ubican en zonas que han sufrido escasez de agua en el último año, según un análisis que cruzó ubicaciones de instalaciones con datos de la NOAA sobre sequías.
No es solo una cuestión de mapas: la discusión técnica muestra que el consumo de agua asociado a la expansión de la inteligencia artificial tiene tres patas —enfriamiento, fabricación de semiconductores y generación eléctrica— y muchas políticas solo miran una de ellas.
Centros de datos IA y sequía: dónde se están construyendo
El cruce de datos revela que 517 de los 809 centros planeados caerían dentro de áreas catalogadas como en sequía en el último año. Esa concentración plantea tensiones locales evidentes: pozos, acuíferos y suministro municipal son recursos limitados y, en muchos casos, ya están sometidos a demandas agrícolas e industriales.
El foco mediático suele ponerse en el agua usada para enfriar los racks, y no es irrelevante, pero es una fracción del total. Un informe de Xylem y Global Water Intelligence estima que el enfriamiento de centros de datos representará aproximadamente el 4% del incremento de la demanda hídrica derivada de la IA hacia 2050. El 96% restante correspondería a la fabricación de chips y a la generación eléctrica.
En números: la fabricación de semiconductores se lleva cerca del 42% del aumento y la generación eléctrica alrededor del 54%. Es decir, las placas y centros que alimentan a los aceleradores y los procesos de producción de esos chips son donde realmente se concentra el consumo adicional.
Enfriamiento, chips y generación: qué consume realmente el sector
Para entender la dimensión, hay que diferenciar usos. Un logic fab moderno puede consumir entre 2 millones y 10 millones de galones al día (aprox. 7,6 a 37,9 millones de litros/día), y la producción de agua ultrapura para obleas es especialmente ineficiente: producir 1.000 galones de agua ultrapura puede requerir entre 1.400 y 1.600 galones de suministro municipal, según los datos citados.
Un caso concreto: las tres fábricas de TSMC en Phoenix llegarían a extraer un total proyectado de 16,4 millones de galones al día (unos 62 millones de litros/día) cuando estén completas. Es significativo que esto tenga lugar en Arizona, uno de los estados más secos del país.
En los centros de datos, la transición técnica más clara para reducir el agua de enfriamiento es el líquido directo al chip, con sistemas cerrados. Nvidia, por ejemplo, cifra la eficiencia de su sistema GB200 NVL72 en hasta hasta 300 veces la eficiencia hídrica de la refrigeración por aire, pero esa cifra se refiere solo al circuito de enfriamiento. El reto es que los racks siguen tirando de mucha más potencia: hoy muchos racks consumen entre 120 kW y 140 kW, y plataformas más potentes como la Vera Rubin esperan acercarse a 600 kW por rack.
Más potencia por rack significa más demanda eléctrica, y buena parte de esa electricidad proviene de plantas térmicas o de gas que consumen agua para su operación. Por tanto, el ahorro hídrico local en el centro de datos puede trasladarse al parque de generación y terminar aumentando el consumo agregado si la electricidad no proviene de fuentes menos intensivas en agua.
Un ejemplo ilustrativo: Meta propuso una gran instalación en Louisiana con enfriamiento en circuito cerrado; esa agua de enfriamiento sería menor, pero la electricidad asociada vendría de varias centrales de gas cuyas necesidades hídricas elevan el consumo total combinado.
El problema estadístico e institucional es que muchos contadores solo registran la porción visible: el agua usada en el centro para enfriar. Eso deja fuera el agua consumida por la fábrica que suministra los aceleradores y la usada para generar la electricidad. En práctica, dos infraestructuras pueden estar tirando del mismo acuífero y solo una aparece en las cifras oficiales.
Además, la fabricación de chips no puede usar agua cualquiera: requiere agua ultrapura y un proceso con pérdidas importantes, lo que multiplica el impacto del consumo directo.
Ante esto, varios estados han empezado a moverse. Normativas en California, Michigan y Iowa están valorando obligar a reportar el uso de agua, mientras que en Carolina del Sur y Kansas se han barajado requisitos de sistemas de circuito cerrado. En Nueva York se ha discutido incluso una moratoria temporal en ciertos permisos. Todas esas medidas tienden a apuntar a la porción de enfriamiento visible, no a la demanda asociada a la fabricación o a la generación eléctrica.
En resumen, la expansión de la IA en Estados Unidos está estrangulando recursos hídricos locales en muchos casos por acumulación de proyectos en zonas ya estresadas. Y aunque hay soluciones técnicas que reducen el consumo en un punto concreto, el balance global solo mejora si se aborda la cadena completa: chips, centros y generación.
Lo que las empresas no aclaran siempre es cómo planean mitigar la presión sobre acuíferos locales más allá de medidas parciales: reclamación de agua en sitio, acuerdos para reutilizar e instalaciones de desalinización son opciones, pero son costosas y no están generalizadas.
Desde la perspectiva regulatoria y social, no es suficiente mirar el consumo de enfriamiento; hay que exigir transparencia en todos los eslabones para que las decisiones de ubicación y diseño no pasen factura a comunidades que ya sufren escasez.
La concentración de proyectos en zonas con estrés hídrico plantea una pregunta clara y práctica: si el objetivo es escalar la capacidad de IA sin dañar recursos críticos, las políticas públicas y los planes empresariales deben contemplar el consumo total en agua, no solo la porción más visible.


