Taiwán y Estados Unidos han alcanzado un acuerdo estratégico que busca fortalecer la industria de semiconductores taiwanesa sin erosionar su capacidad nacional, al tiempo que impulsa la inversión y producción conjunta en territorio estadounidense. Este pacto, anunciado el 20 de enero en Taipei, tiene implicaciones clave para la cadena de suministro tecnológica en un contexto geopolítico marcado por tensiones con China y la creciente importancia de la inteligencia artificial.
El acuerdo firmado entre ambos países contempla una serie de medidas destinadas a facilitar la expansión industrial de fabricantes taiwaneses como TSMC en Estados Unidos. Entre ellas destaca la eliminación de aranceles para la importación de semiconductores y obleas equivalentes hasta 2,5 veces la nueva capacidad instalada durante el período de construcción. Esta exención se enmarca en las disposiciones de la llamada Section 232 —normativa estadounidense relacionada con la seguridad nacional— bajo la cual Taiwán recibirá un tratamiento preferencial anticipado que garantiza aranceles cero dentro de la cuota asignada.
Además, se prevé una reducción general de los aranceles sobre exportaciones taiwanesas hacia Estados Unidos, que bajan del 20% al 15%. Esta disminución abre la puerta a un comercio más fluido, sin que ello signifique una transferencia o recolocación de la producción desde Taiwán, aspecto que los representantes gubernamentales han dejado claro para proteger lo que describen como «la montaña sagrada que protege el país»: la robusta industria local de semiconductores.
La vicepresidenta de Taiwán, Cheng Li-chiun, ha manifestado que el acuerdo no implica una relocalización de la cadena de suministro sino un apoyo para extender la capacidad de las industrias tecnológicas taiwanesas en el extranjero, mediante una adición o incluso multiplicación de su huella industrial. Con esta estrategia, Taiwán pretende fortalecer su posición como nodo central en la cadena tecnológica democrática junto a Estados Unidos, especialmente en áreas cruciales como la inteligencia artificial y las infraestructuras de alta tecnología.
En el marco de este acuerdo, las empresas taiwanesas han comprometido inversiones privadas por valor de 250.000 millones de dólares en sectores que incluyen semiconductores, energía e inteligencia artificial dentro de Estados Unidos. Paralelamente, el gobierno taiwanés garantizará otros 250.000 millones de dólares en créditos, estructurados en cinco fases con importes estimados entre 6.250 y 10.000 millones anuales, para respaldar esta expansión.
Pese al avance, algunas cuestiones permanecen abiertas. Por ejemplo, no se ha aclarado si los 165.000 millones de dólares que TSMC ya había anunciado para inversión en Estados Unidos están incluidos en el total comprometido, ni cuál será el plazo concreto para cumplir con las metas de inversión establecidas. Asimismo, el alcance final de las tarifas bajo la Section 232, incluyendo la posibilidad de aplicar aranceles del 100% a quienes no cumplan las condiciones, sigue sin definirse de manera definitiva.
El secretario de Comercio de Estados Unidos, Howard Lutnick, advirtió que esta medida extrema podría aplicarse en caso de incumplimiento, aunque no ha tomado una decisión al respecto. Por otro lado, Taiwán también rebate la afirmación estadounidense de que se pretende alcanzar una cobertura del 40% de la cadena de suministro taiwanesa en su territorio, considerada inexacta por las autoridades isleñas.
Este mútuo acuerdo se presenta en un contexto bilateral postnegociaciones iniciadas durante la presidencia de Donald Trump, con el objetivo de equilibrar el superávit comercial y fomentar una mayor inversión en la producción de semiconductores para inteligencia artificial dentro de Estados Unidos. La alianza se visualiza como un paso hacia la construcción de una cadena de suministro tecnológica sólida y alineada con los valores de los llamados «campos democráticos» frente a la influencia creciente de China en esta industria clave.
La colaboración entre Taiwán y Estados Unidos deja, por tanto, un escenario complejo y de múltiples lecturas: por un lado, impulsa la inversión y fortalece el tejido industrial conjunto; por otro, mantiene intacta la identidad y capacidad productiva taiwanesa, sin una reubicación forzada. Queda por ver cómo se desarrollarán los plazos y detalles operativos, y qué impacto tendrá esta alianza en la competitividad global y en el equilibrio geopolítico de las tecnologías del futuro.
Referencias y declaraciones adicionales pueden encontrarse en las declaraciones públicas de la vicepresidenta Cheng Li-chiun y el secretario de Comercio Howard Lutnick, así como en la cobertura publicada por Taipei Times y Straits Times.

