Microsoft ha empezado a desplegar de forma más amplia la llamada precarga del Explorador de archivos en Windows 11, una función que llevaba meses en pruebas y que buscaba atajar uno de los problemas más persistentes del sistema: la sensación de lentitud al abrir el Explorador en determinadas situaciones. La idea es sencilla, casi lógica. El sistema mantiene procesos clave del Explorador listos en segundo plano, de modo que cuando el usuario hace clic en el icono, parte del trabajo ya está hecho. Sobre el papel suena a mejora de calidad de vida, pero la implementación ha generado más debate del esperado.
Lo primero que se ha detectado es un incremento notable en el uso de memoria en reposo. Con la precarga activa, procesos como ShellExperienceHost.exe consumen prácticamente el doble de RAM que antes sin que el usuario esté interactuando con el Explorador. En equipos potentes esta subida pasa desapercibida, pero en configuraciones más modestas, especialmente portátiles con 8 GB o menos, la diferencia es inmediata. Windows 11 ya era conocido por comerse bastante memoria en su estado normal y esta función no ayuda precisamente a contener el problema.
El comportamiento varía bastante según el escenario. En reposo, cuando el PC está tranquilo y solo se necesita abrir una ventana para navegar entre carpetas, la mejora de velocidad es mínima. Se aprecia una ligera reducción en el tiempo de apertura, pero no llega a suponer una diferencia clara en la experiencia. Si alguien esperaba una sensación de inmediatez o un salto visible en fluidez, no lo va a encontrar aquí.
Sin embargo, es bajo carga cuando la precarga muestra su mejor versión. Con el sistema ocupado, varias aplicaciones abiertas y el procesador o el disco ya sometidos a cierto estrés, el Explorador aprovecha esa preparación previa y se abre con menos titubeos. En lugar de tardar varios segundos o quedarse congelado momentáneamente, reacciona con más soltura y evita los bloqueos momentáneos que muchos usuarios llevan años arrastrando. No es una revolución, pero sí un alivio en esos momentos en los que Windows se siente pesado sin motivo aparente.
Este contraste entre el consumo extra en reposo y la mejora puntual bajo carga ha generado un debate interesante. La función está pensada para hacer que Windows 11 se sienta más fluido, pero el impacto real depende por completo del hardware del usuario. En un PC moderno con 16 GB o 32 GB de RAM, este aumento de consumo no tiene consecuencias y la mejora bajo estrés se agradece. En máquinas más justas el intercambio ya no está tan claro. Perder memoria libre a cambio de una optimización que solo brilla en momentos concretos puede no ser la mejor ecuación.
Microsoft sigue intentando ajustar el funcionamiento interno del Explorador, una parte del sistema que lleva tiempo pidiendo una revisión profunda. Durante años se han ido añadiendo parches, procesos secundarios y funciones para suavizar la experiencia, pero rara vez se ha replanteado el diseño global. La precarga es un paso más en esa misma dirección, un intento de aliviar un síntoma sin tocar la raíz del problema. Esto explica por qué puede mejorar la respuesta en circunstancias pesadas, pero no consigue transformar la experiencia diaria.
Queda por ver si la compañía permitirá desactivar esta función o ajustar su comportamiento. Ahora mismo se activa de forma automática y silenciosa, sin controles visibles. Sería lógico ofrecer algún modo de configuración para equipos con poca RAM o perfiles que busquen maximizar los recursos en tareas específicas.
Aun con sus limitaciones, la precarga evidencia algo que los usuarios llevan tiempo señalando: el Explorador sigue siendo un componente delicado dentro de Windows 11. Cualquier mejora ayuda, pero los cambios parciales difícilmente bastan para resolver una sensación de pesadez que acompaña al sistema desde hace varias versiones.

