James Cameron, director de películas tan influyentes como Avatar, ha expresado de forma contundente su rechazo al uso de inteligencia artificial generativa en el cine. Sus declaraciones, realizadas a finales de noviembre de 2025 durante la promoción de Avatar: Fire and Ash, no han pasado desapercibidas en una industria cada vez más marcada por debates sobre el impacto de la automatización y la IA en la creatividad y el empleo.
IA generativa y captura de movimiento: dos caminos opuestos
A pesar de su reconocida apuesta por la innovación técnica, Cameron establece una frontera nítida entre la inteligencia artificial generativa y las tecnologías de captura de movimiento que marcan su filmografía. En sus propias palabras, la diferencia es radical: «Eso es exactamente lo que no estamos haciendo,» sentencia sobre la posibilidad de utilizar IA generativa para crear actores y actuaciones desde cero.
El cineasta considera que la captura de movimiento es, en esencia, lo opuesto a la IA generativa. El proceso, especialmente en la saga Avatar, exige la actuación presencial de los intérpretes en tanques de agua de 250.000 galones. Allí, las actuaciones reales son registradas y utilizadas como base por un equipo de artistas digitales. Cameron insiste en que esta metodología rinde homenaje al trabajo humano, mientras que la IA generativa, desde su punto de vista, supone prescindir de ese contacto directo y creativo entre actor y director.
Durante la entrevista, Cameron señaló que existe un malentendido generalizado sobre su uso del CGI. Admitió que, durante años, muchos pensaban que reemplazaba actores por ordenadores, algo que considera un error de comunicación por su parte. Ahora, subraya que el proceso desarrollado en Avatar es una «celebración del momento actor-director,» y no un intento de suprimir el papel humano en la interpretación.
Postura crítica pese a vínculos con la IA
Llama la atención que Cameron forme parte de la junta directiva de Stability AI, una empresa especializada en inteligencia artificial. Sin embargo, esta vinculación no suaviza su opinión sobre el uso de IA generativa para performances sintéticas. Cree, de hecho, que la proliferación de este tipo de técnicas puede elevar el valor del arte realizado por personas, volviéndolo más especial e incluso «sagrado.»
Esta reflexión adquiere importancia en un momento en el que la industria audiovisual debate cómo afectarán la IA y la automatización no solo a los procesos creativos, sino también a los puestos de trabajo. Cameron sostiene que, aunque la IA pueda abrir nuevas posibilidades, el elemento interpretativo humano será aún más apreciado gracias a la diferencia fundamental entre ambos enfoques.
La visión de Cameron, por tanto, no rechaza la tecnología en sí, sino su uso para suplantar a quienes han dado vida históricamente al séptimo arte. Para él, la ilusión y la emoción que transmite una actuación real siguen siendo irremplazables, incluso en un contexto de avances cada vez más espectaculares. El debate sobre los límites de la IA en el cine no ha hecho más que empezar, y sus palabras refuerzan la idea de que la innovación tecnológica debe aliarse —y no reemplazar— al talento humano.
