A pocas horas de dar la bienvenida a 2026, la industria del hardware parece haber tomado una resolución de Año Nuevo inesperada: volver a lo conocido. Informes recientes provenientes de las cadenas de suministro en China confirman que ASUS, uno de los gigantes del sector, iniciará el año aumentando drásticamente la fabricación de placas base compatibles con memoria RAM DDR4.
Lejos de ser un paso atrás tecnológico, se trata de una maniobra de supervivencia comercial. Con los precios de la memoria DDR5 y los SSD en máximos que dificultan el montaje de equipos competitivos, los fabricantes han decidido que la mejor forma de mantener el mercado del PC vivo es revitalizar plataformas que, aunque veteranas, siguen ofreciendo un rendimiento más que solvente.
La estrategia del «hardware zombi»
La lógica detrás de este movimiento es puramente económica. El coste de ensamblar un ordenador nuevo se ha disparado debido a los componentes de última generación. Para contrarrestar esto, ASUS y otros actores como ASRock planean inundar el mercado de entrada y gama media con soluciones basadas en arquitecturas maduras.
En el ecosistema de AMD, esto se traduce en una inyección de vida para los chipsets B550 y A520. Estos darán cobijo a los incombustibles procesadores Ryzen 5000, que siguen teniendo una excelente relación coste-rendimiento. Por el lado de Intel, la apuesta se centra en los chipsets B760M y H610M-G, diseñados para alojar procesadores de la 12ª, 13ª y 14ª generación (socket LGA1700).
El objetivo es claro: si la RAM y el almacenamiento son caros, hay que recortar en la base (placa y procesador) para que el precio final del ordenador no espante al consumidor medio. Esto permitirá que veamos en las estanterías ordenadores preensamblados a precios «atractivos», evitando que las ventas del sector colapsen ante la inflación de los componentes más modernos.
¿Es realmente «viejo» un procesador de hace cuatro años?
El estigma de la obsolescencia tecnológica es a menudo más una herramienta de marketing que una realidad técnica. El análisis de rendimiento actual nos da la razón. Si comparamos un Intel Core i9-12900K (lanzado hace cuatro años en este contexto de finales de 2025) con el actual y puntero AMD Ryzen 7 9800X3D, las diferencias son sorprendentes por lo escasas.
A una resolución 4K, la diferencia de rendimiento medio es de apenas un 2,8% a favor del nuevo chip de AMD. Si bajamos a 1080p, territorio de los eSports y las altas tasas de refresco, la brecha se amplía hasta un 15,2%.
La pregunta que ASUS pone sobre la mesa es sencilla: ¿Merece la pena pagar el sobrecoste de una placa base de última generación y memoria DDR5 premium por un 15% de rendimiento extra? Para el entusiasta extremo quizá sí, pero para el gran público, la respuesta es un rotundo no.
El salvavidas de la gama media
Esta estrategia no solo busca salvar los muebles en cuanto a ventas, sino democratizar el acceso al juego en PC en un momento económico complejo. Al combinar estas placas base y procesadores «antiguos» con tarjetas gráficas de gama media (como las RTX 3060 o equivalentes de la serie Intel Arc) y tecnologías de reescalado como NVIDIA DLSS o AMD FSR, se obtienen máquinas perfectamente capaces de mover cualquier título actual a 1080p con soltura.
ASUS parece haber leído el mercado con precisión: en 2026, la innovación no vendrá definida por quién tiene el chip más rápido, sino por quién es capaz de ofrecer una experiencia de juego sólida a un precio que los usuarios puedan, y quieran, pagar. El resurgir de la DDR4 no es un retroceso, es un reajuste necesario de la realidad.

