Call of Duty siempre ha caminado por una delgada línea entre ser un blockbuster y convertirse en una fábrica de churros digitales. Con Black Ops 7, esa línea no solo se ha cruzado, se ha borrado por completo. Ya no se trata de que el juego sea mediocre: se siente como un producto hecho en automático, sin identidad, sin pasión, y con un nivel de dejadez que simplemente no tiene perdón en una saga que alguna vez fue el referente del género.
Hoy por hoy, estamos ante lo que muchos ya consideran el lanzamiento más fallido en la historia de Call of Duty. Y los números no hacen más que reforzar esa percepción.
El batacazo: cifras que gritan “fracaso”
Lo que ha conseguido Black Ops 7 era casi impensable: tener el peor arranque de la franquicia a ojos del público. En Metacritic, el juego flota entre un 1.7 y un 1.9 de calificación de usuarios, convirtiéndose en el COD peor valorado de la historia. Así, sin matices.
En Steam, el panorama tampoco mejora. Las reseñas están marcadas como “mixtas” tirando a negativas, y las quejas se repiten: una campaña que parece más un modo multijugador disfrazado de narrativa, plagada de pereza y sin alma. El matchmaking está roto, los bugs son dignos de un proyecto amateur y, para colmo, el juego hace un uso descarado de arte generado por IA, incluyendo contenido que ha sido señalado como plagio. Eso ha indignado tanto a jugadores como a artistas, que ven con rabia cómo una superproducción de este calibre se atreve a recortar así.
Y si alguien creía que esto era solo ruido en redes, los datos de ventas físicas en Reino Unido —uno de los bastiones de la franquicia— lo confirman: el lanzamiento fue un desastre, vendiendo 61 % menos que Black Ops 6 el año pasado. No es una caída: es un colapso.
Lo que parece un juego hecho en cadena… probablemente lo es
Black Ops 7 se siente como el resultado inevitable de años de sobreexplotar una franquicia sin frenar a tomar aire. La campaña no tiene ni ritmo, ni tono, ni personalidad. Parece más un pretexto disfrazado de historia que una experiencia diseñada con intención. Los mapas son planos, la IA enemiga es de risa, y las mecánicas pierden gracia a los pocos minutos de juego.
Todo huele a decisiones tomadas por comité. Las misiones no cuentan una historia, sino que parecen una checklist de cosas que “tenía que tener el juego”. Los momentos espectaculares no alcanzan para ocultar lo insípido del conjunto. Todo está calculado para generar “engagement”, no para dejar huella.
Y el tema de la IA generativa es el clavo en el ataúd. Que un título de este tamaño recurra a imágenes baratas, banners automatizados y assets sin alma no solo es una vergüenza: es una señal clarísima de que la prioridad ya no es el jugador, ni el arte, ni la innovación. Es entregar algo, lo que sea, con el menor costo posible. El escándalo ha llegado tan lejos que incluso un congresista en Estados Unidos ha pedido que se regulen estas prácticas. Cuando tu shooter anual aparece en el radar político por usar IA barata, sabes que algo está completamente roto.
Un modelo reventado que solo sabe pisar más el acelerador
El desastre de Black Ops 7 no es una anomalía: es la consecuencia lógica de un modelo que hace tiempo que dejó de tener sentido. La franquicia quiere seguir jugando a ser la de siempre mientras todo alrededor se desmorona.
El año pasado, se filtró que meter Black Ops 6 en Game Pass implicaría hasta 300 millones de dólares menos en ventas potenciales. Y en paralelo, los estudios detrás de COD han sufrido olas de despidos brutales: Treyarch, Raven, Infinity Ward… nadie se ha salvado.
Incluso exdirectivos de Blizzard han dicho públicamente lo que todos ya sospechábamos: que la saga va cuesta abajo y que este año será el que Battlefield le pase por encima, precisamente porque Call of Duty se ha dormido en sus laureles.
Black Ops 7 no parece un juego. Parece una obligación legal. Algo que había que sacar sí o sí para cumplir con el calendario, para alimentar Game Pass, para justificar su existencia. Aunque sea un producto genérico, lleno de IA y sin una sola chispa de riesgo creativo.
Y por fin, la gente está respondiendo: notas hundidas, ventas por los suelos y una comunidad que está harta de que le vean la cara año con año.
Lo que sigue: más despidos, menos alma
No hace falta ser adivino para ver lo que viene. Si lanzas un juego flojo, el público lo rechaza y encima costó millones producirlo, las cuentas simplemente no cuadran. ¿Qué pasa entonces? Lo que pasa siempre últimamente: más despidos, más reestructuraciones, más presión.
Los estudios de Call of Duty ya vienen tocados por años de recortes, y si Black Ops 7 no remonta, es difícil imaginar que Microsoft o Activision se detengan a pensar en el largo plazo. Lo más probable es lo contrario: apretar aún más, usar más IA para producir más rápido y seguir adelante como si nada, mientras los equipos se achican y el miedo crece.
Es un círculo vicioso clarísimo: cada juego es peor que el anterior, las ventas bajan, la presión sube, se recorta personal y se automatiza más. ¿El resultado? Un siguiente juego aún más vacío, aún más genérico.
Esto no puede sostenerse. Y si sigue así, lo que se rompe no es solo una franquicia: se rompe toda una estructura de estudios que alguna vez fueron potencia creativa y hoy parecen líneas de ensamblaje sin alma.
Black Ops 7 como el punto de quiebre
Este no es solo “un COD malo”. Es el punto de no retorno. Es el momento en el que nos damos cuenta de que el modelo actual ya no da más. Lo que antes era un evento gamer ahora es una decepción colectiva.
- Un juego que muchos ya califican, sin rodeos, como “mierda injugable”.
- Un lanzamiento con los peores números de percepción en la historia de la saga.
- Una producción armada con plantillas de IA, decisiones perezosas y cero inspiración.
La gran pregunta ya no es si este Call of Duty es malo. Lo es. La pregunta es: ¿vale la pena seguir apoyando un sistema que produce cosas como esta? Porque lo más preocupante ya no es que el juego esté roto… es que a los que lo hacen ya parece no importarles.
Si Black Ops 7 sirve para algo, que sea como señal de alarma. No para los jugadores —que siempre podrán irse a otros shooters—, sino para una industria que necesita entender de una vez que no puede vivir eternamente de la inercia. Porque cuando conviertes tus estudios en fábricas sin alma, lo único que terminas fabricando es mierda.



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