A pesar de que la mayoría de las empresas incorpora la inteligencia artificial (IA) en sus operaciones, los beneficios económicos derivados de esta tecnología muestran un comportamiento desigual. Según recientes estudios, solo el 12% de los consejeros delegados (CEO) declara haber logrado simultáneamente una reducción de costes y un aumento de ingresos a través de la adopción de IA.
Este dato refleja un cierto escepticismo sobre la capacidad inmediata de la IA para transformar los resultados financieros, a pesar de la creciente inversión prevista. En España, la confianza de los CEO para que sus ingresos crezcan durante 2026 se sitúa en el 38%, cifra algo superior a la media global, situada en el 30%, pero que mantiene una tendencia a la baja.
La mayoría de las compañías reconoce el valor estratégico de la IA, con nueve de cada diez CEO afirmando que mantendrán o aumentarán sus inversiones en esta área, estimándose que el gasto empresarial en IA se duplicará en 2026 hasta alcanzar el 1,7% de los ingresos, según cifras de Boston Consulting Group. Este incremento responde al reconocimiento del potencial transformador de la IA, especialmente en ámbitos como la experiencia del cliente, productos y servicios.
No obstante, la implementación responsable de la IA marca una diferencia significativa. Aquellos CEO que cuentan con marcos claros de IA responsable tienen tres veces más probabilidades de obtener resultados económicos relevantes. Además, las empresas que aplican la IA de forma amplia consiguen márgenes de beneficio hasta cuatro puntos porcentuales superiores.
En un contexto global marcado por incertidumbres geopolíticas y la necesidad de una gestión ética y eficiente de la tecnología, la mitad de los líderes empresariales considera que su continuidad en el cargo depende de acertar en la estrategia de IA. Esta presión añade complejidad a una carrera tecnológica donde el retorno de la inversión no es inmediato ni uniforme.
Así, la realidad de la inteligencia artificial en las empresas actuales se configura como un terreno de experimentación constante y expectativas contenidas, donde la aplicación estratégica y responsable puede marcar la diferencia entre éxito y estancamiento.

