El arranque de 2026 confirma los peores presagios para la preservación y el mercado tradicional de los videojuegos. La cadena minorista GameStop, el último gran gigante especializado que queda en pie en Estados Unidos, ha confirmado la clausura de 470 establecimientos más. Esta medida drástica, que reduce aún más su presencia física, llega en un momento de tensión entre la caída natural del formato y las agresivas maniobras financieras de su directiva.
La noticia cae como un jarro de agua fría sobre una comunidad que lleva años viendo cómo se estrecha el cerco sobre el disco y el cartucho. Aunque en España la marca desapareció en 2014 —cuando cerró sus puertas o traspasó sus locales a la competencia—, lo que ocurre con GameStop en su mercado natal suele ser el canario en la mina para el resto de la industria global. Tras cerrar cerca de 700 locales en 2024, este nuevo recorte deja a la compañía con aproximadamente 1.800 tiendas operativas en suelo estadounidense, una cifra que se antoja insuficiente para sostener su antiguo estatus de omnipresencia.
La tormenta perfecta del formato físico
Las razones detrás de este movimiento son múltiples, pero el denominador común es un cambio de hábito forzado por los propios fabricantes de consolas. Los datos internos de la compañía revelan que las ventas de software físico han caído una media del 20% año tras año. No es solo que el usuario prefiera la descarga; es que las alternativas tangibles se están eliminando sistemáticamente.
La estrategia de las grandes editoras ha sido clara. Nintendo con sus tarjetas de descarga en cajas vacías, Microsoft potenciando el Game Pass por encima de la venta unitaria y Sony lanzando modelos como la PS5 Pro sin lector de discos de serie, han creado un ecosistema hostil para la tienda de barrio. Si el hardware necesario para leer los juegos desaparece de los salones, la estantería de la tienda pierde su razón de ser.
A esto se suma un factor puramente logístico y económico: el mercado inmobiliario. A principios de este 2026, los alquileres comerciales en Estados Unidos han sufrido un repunte masivo. Muchas de las tiendas que hasta ahora se mantenían en el umbral de la rentabilidad han pasado a dar pérdidas simplemente por el coste del suelo. La dirección ha optado por cortar por lo sano antes de intentar renegociar contratos en ubicaciones donde, irónicamente, a veces existía una saturación de la marca, con varios locales compitiendo entre sí en el mismo código postal.
Una ambición financiera desmedida
Sin embargo, el cierre de tiendas no es lo único que ha levantado ampollas entre analistas y empleados. Mientras se ejecuta este desmantelamiento de la infraestructura comercial, ha trascendido que Ryan Cohen, consejero delegado de la empresa, tiene en el horizonte un bono potencial de 35.000 millones de dólares.
La cifra es mareante, pero las condiciones para desbloquearla parecen sacadas de una novela de ciencia ficción, especialmente en el contexto actual. Para que Cohen reciba esa suma, la capitalización bursátil de GameStop debería alcanzar los 100.000 millones de dólares. Teniendo en cuenta que el valor actual de la empresa ronda los 9.500 millones, el objetivo implica multiplicar por diez el valor de la compañía.
Esta disparidad entre la meta financiera y la realidad operativa ha generado escepticismo. Recortar gastos cerrando tiendas mejora el balance a corto plazo, pero es difícil justificar un crecimiento exponencial eliminando el principal activo que diferencia a tu empresa: la presencia física y el trato humano. Parece una utopía pensar que una cadena de retail pueda alcanzar esas valoraciones en 2026 basándose únicamente en la reducción de costes estructurales.
¿El vinilo de los videojuegos?
Existe una corriente de opinión que, paradójicamente, ve un futuro brillante para el formato físico, aunque sea de nicho. El cansancio generalizado ante la subida de precios en las suscripciones, sumado al miedo real a la desaparición de juegos digitales (títulos que se borran de las tiendas y se pierden para siempre), está generando un efecto rebote. Algunos analistas comparan esta situación con el resurgir del vinilo en la música o los casetes: un formato premium para coleccionistas que valoran la propiedad real.
El problema de esta teoría es el tiempo. Es muy probable que el formato físico vuelva a ser valorado como un objeto de culto, pero la incógnita es si para cuando eso ocurra quedarán tiendas especializadas abiertas para venderlos o consolas fabricadas con la ranura necesaria para leerlos. GameStop está intentando sobrevivir hasta llegar a ese punto, pero por el camino se está dejando gran parte de su identidad.

